"SIETE ARTES"

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miércoles, 8 de agosto de 2018

MURO DE ESCRITORES: Acerca de "UN DIOS SALVAJE" de Roman Polanski


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UN DIOS SALVAJE (2011)
DIR: ROMAN POLANSKI

ANÁLISIS DEL FILM por JOHN DOE (M. dC.)

Un dios salvaje se desarrolla por entero en el departamento de los Longstreet y en la distancia que va de la puerta de entrada al elevador; además, es presentada sin elipsis, en un tiempo que corresponde exactamente a la duración del filme. Sin embargo, los diálogos nos dan el acceso a otros espacios y a otros tiempos, aún a otros personajes: sus voces son oídas a través de los teléfonos. Pero ese “afuera”, representado también en las dos escenas del parque que enmarcan del filme y que coronan su explicación, se descubre como inaccesible a los personajes: la acción los ata a un espacio.

La historia es simple: bajo un puente en Nueva York, el hijo de los Cowan, Zachary, ha golpeado con un palo al hijo de los Longstreet, Ethan, dañando dos de sus dientes. Esa riña infantil es la que congrega a los padres de ambos en el departamento del agredido. A partir de ese momento, Polanski encierra a cuatro adultos, los padres del agresor y del agredido, en el único espacio de una casa. Los visitantes, el pragmático y cínico abogado de una empresa farmacéutica y una broker, han acudido para arreglar civilizadamente la brutal agresión de su hijo con los padres de la víctima, un ferretero campechano y una progresista cultivada y deprimida ama de casa.

Nada es previsible a partir de ese momento, cada situación y cada gesto van preparando sutilmente la tormenta. El educado juego dialéctico, la cortesía aparentemente natural, la violencia soterrada, la subterránea lucha de clases, la representación y las máscaras, la hilarante catarsis y el incontenible desmadre cuando se cruzan las barreras están admirablemente expresados por Polanski con comicidad perversa e higiénica mala leche, con la sensación de que este creador controla al milímetro cada elemento de su material.

Y dispone, cómo no, de lo más necesario, de lo que exige un guion perfecto: de los mejores actores y actrices posibles. Estamos ante una comedia con hondas raíces en la sátira, esa sátira mordaz, que pone el dedo en la llaga para revolcar su purulencia, para mostrar la supuración de la conducta humana desde sus falsedades, sus hipocresías y sus dobles rostros. Lo hace desde las contradicciones de sus protagonistas.

El filme se apodera muy bien de los personajes. No los suelta en ningún momento. A veces, parece amarlos; casi siempre los muestra con odio, ese odio tan importante en la sátira o en la llamada comedia negra. El humor con que la película muestra la piel y el alma de dichos personajes es absolutamente visceral. La historia parece simple, pero se torna compleja. Son dos matrimonios de apariencia normal, si es que existe algo normal en la conducta humana. Luego ha de desatarse, de manera imprevista, casi tonta, la vorágine que sacude a las dos parejas en juego.

El juego de cámaras empleado es de lo mejor para transitar por los recovecos físicos y emocionales de los dos matrimonios: allí no hay nada plano. Los espejos de la habitación serán el mecanismo para dar profundidad de campo, mientras cada personaje se convierte en espejo de los otros. Polanski como casi siempre consigue sus objetivos: divertir y al mismo tiempo incomodar al espectador con una cruel paradoja: aunque todos estamos interrelacionados, la convivencia real es imposible, de ahí que necesitemos máscaras de civilidad, mismas que tarde o temprano acabarán por caerse. Superando de tal modo que casi se aplasta el contenido y la posible observación cultural del texto, la película destaca incontestablemente gracias a las interpretaciones de sus cuatro exclusivos actores, dirigidos por un Roman Polanski que vuelve a sus escarceos con el humor y la liviandad.

Rodando la casi totalidad del film en un decorado que finge ser Nueva York, no solo por los edificios que se proyectan por la ventana, sino también por el gusto burgués cultivado que sus habitantes parecen haber impreso en la elección del mobiliario y los complementos, Polanski no ha hecho ningún esfuerzo de darle una apariencia cinematográfica a su adaptación de Jasmina Reza, pues solo se da el respiro de un exterior al inicio y al comienzo, con sendos planos fijos de los niños en el parque. 

El resto del breve metraje transcurre en lo que casi podría considerarse una única escena en el interior del apartamento. Una puesta casi teatral en donde el director parece encontrar el ámbito ideal para sacar a relucir el trasfondo social y existencial que hace enfrentar a sus personajes, dando lugar a la identificación, al cuestionamiento y al juicio de todo espectador, que no quedará indiferente ante esta propuesta.




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